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jueves, 4 de diciembre de 2008

Escríbeme en la piel

No podemos negar que somos seres intensamente corporales. O ¿acaso no nos enamoramos por medio del cuerpo? ¿comemos? ¿nos bañamos? Nuestra cultura es una cultura de adoración al cuerpo. Alabamos los cuerpos bellos, los convertimos en dioses; mientras que los cuerpos deformes, que no cumplen con nuestros parámetros estéticos, se convierten en pesadillas.

El cuerpo no sólo es eso, también es un disfraz con el que nos desenvolvemos día con día, o ¿Qué acaso seríamos/actuaríamos igual si luciéramos diferente? Nuestros cuerpos actúan como una defensa hacia el exterior, pero también como una máscara. Un escondite. Es por eso que hemos decidido navegar hasta el interior desde el exterior. Oler cada centímetro de piel, beber cada gota de sudor, morirnos navegando en jugo gástrico y alimentarnos de un trozo de corazón.

Saborear el cuerpo ajeno es más que una acción; es un sentir. Se lleva a cabo con la lengua de las letras que escogemos para describir las esencias que emanan los poros. El sabor de la piel ajena queda en la memoria y en el papel de los tejidos que construyen las entrañas.

El cuerpo es naturalmente tangible; sólido desde los dedos de los pies que se tuercen cuando hace frío, y las manos que vibran con el placer de sostener a otro. Un universo de células que actúan entre sí con el fin de sobrevivir; de extra limitar su capacidad de vida con explosiones de placer y de intensidad lacrímogena cuando inunda la lúgubre tristeza. Las reacciones químicas dentro de la piel son una cadena de impulsos paralelos que terminan en la sonrisa, en la mueca, en el orgasmo, el llanto, el silencio, la respiración.

Por esto, hoy nos convertimos en caníbales.

Entre nuestro menú corre la sangre de Octavio Paz, quién nos entrega un idílico amorío entre un hombre y una ola. A Enrique Serna secretando bilis por su protagonista que no sólo tiene cuerpo de puta, sino también alma de artista, y cuyo único alimento puede ser proporcionado por el aplaudir de manos de muchos otros cuerpos. El cuerpo se convierte en el instrumento principal del arte y del oficio, pero también en la tentación que estimula al propio líbido y desata los aplausos de los vouyeristas hambrientos de cuerpos que se tuercen. Guillermo Vega Zaragoza nos deleita con un manual de instrucciones que corrompe la celestialidad de los ángeles y nos indica el proceso sexual y sodomicatorio, así como las medidas necesarias para cortar las alas de un ángel e inducirlo al pecado original. Más tarde tenemos a Enrique Serna con un relato que ocurre dentro de los confines de un cuerpo urbano en la calle de Licenciado Verdad, de fachada con arrugas y celulitis en los cimientos, donde un escritor mediocre deja ser estafado por prostitutas y se entrega a la depravación de disfrutar de dos cuerpos gemelos: de Paloma y Melania. Sus lunares, los camisones traslúcidos, su olor desagradable y menudos cuerpos pasaron del delirio a la desviación. El siguiente plato nos lo trae Carlos Martín Briceño quien sin ningún recato explora los sabores del cuerpo de una anciana, cada arruga y vapor, para probar a las lenguas más exigentes. Finalmente, para el postre, cedemos la oportunidad a Erika GH Abrego, mujer – gato, aprendiz en el arte del canibalismo, nos presenta un delicioso bombón de piel de hombre guapo y lonjas de mujer; nada mejor para terminar, pero sí lo que prefieren es un gusto un poco más fuerte, entonces que tal la sangre de mujer violada y asesinada que emana de nuestro segundo postre.

Y sin más, esperamos que disfruten de este banquete que las caníbales de Rothenburg tenemos para ustedes.

lunes, 1 de diciembre de 2008

La Mesa de Lámina

Erika GH Abrego

Cuando era niño había una mesa de lámina en la cocina, estaba pintada de rojo brillante. Yo me escondía debajo de ella cada que llegaba mi tía Elisa. No es que le tuviera miedo, pero era una mujer enorme a la que le gustaba probarle a sus sobrinos que ella era la más fuerte. Ella fue la primera mujer que me rompió un hueso. La otra fue mi hermana, pero yo sé que no era realmente su intención. Me perseguía, estábamos jugando fútbol y yo tenía el balón, cuando me alcanzó yo me tropecé con la pelota y rodé escaleras abajo. Mi madre siempre nos había dicho que no jugáramos dentro de la casa, pero ese día estaba lloviendo. Así me rompí la muñeca de mi mano derecha y no pude tomar apuntes por todo un semestre. Casi repruebo matemáticas.

Todos los días nos sentábamos a comer juntos en la mesa de lámina, a mi madre le desesperaba mucho que yo golpeara con los nudillos la mesa, ya que el ruido después de un tiempo se volvía ensordecedor. Años después, cuando me mude de casa de mis padres, fue lo único que me llevé conmigo. En esa mesa hice todas mis tareas escolares, desde que tenía seis años y también hice un par de experimentos culinarios y químicos fallidos. Una vez un compañero de salón me comentó que se podían hacer bombas con coca cola y un ácido (cuyo nombre no recuerdo ahora) pero que vendían en todas las farmacias. Saliendo de la escuela me fui a comprar el dicho ácido y una botella de coca cola de un litro. Realmente no explotó nada, pero la cocina quedó bañada de coca cola. Mi madre me castigó por semanas.

También, unos días después del incidente de la coca cola, me encontré con un ratón en el patio de la casa. No sé para que, pero lo atrapé. Fue fácil. Pensé que quizá el veneno que mi madre ponía todos los días en los resquicios de las puertas y las ventanas le había afectado y por eso no podía correr rápido. Creí que, como en clase de Biología, podría ver el veneno avanzar por su sangre. Sin embargo no contaba con un microscopio. No me importó y pensé que con una lupa sería suficiente. Así que abrí al ratón de par en par, como había visto en la tele que lo hacían. Con un cuchillo de cocina, mi escalpelo, le hice una abertura en el pecho al ratón. El chorro de sangre que salió del mismo me sorprendió, nunca pensé que tuviera tanta. Su pequeño corazón latía aceleradamente, pero ya no tenía nada que bombear. Se vacío muy rápido y su corazón se detuvo. Aún después de que el corazón dejo de latir, las patas del ratón seguían moviéndose, en espasmos violentos. Nunca pensé que vería morir a una persona de la misma forma que a ese ratón. Cuando llegó mi madre del trabajo, me encontró en la cocina, todo lleno de sangre y llorando. Mamá tardó mucho tiempo desmanchando la mesa y no se atrevió a servirme la comida ahí hasta un mes después.

Cuando me casé, mi madre dijo que sería infeliz. Me condenó porque Susana se embarazó después de acostarnos la primera vez. Fue una total decepción. Después de todo el esfuerzo que tuve que dedicarle a convencerla de dejarse penetrar, el puto condón se rompe y Susanita, la mujer más fértil sobre el planeta, se embaraza. Me daban ganas de matarla. Apenas teníamos 16 años. Así que a los 16 y medio me case con Susana. Ella, quizá, me odiaba más de lo que yo a ella. Después de esa primera vez, nunca quiso volver a acostarse conmigo; sin embargo si lo hicimos una última vez, ella estaba tan ida que ni se movía, pero yo, claro que lo disfrute, le cogí hasta el culo en aquella ocasión. Después de que nos casamos, descubrí que me estaba engañando con Felipe, un pendejo que iba a la misma escuela que ella. No nos divorciamos, Susana se fue antes de dar a luz. Dejo sólo un dedo, tirado sobre la mesa de lámina. Mucho tiempo después de eso, quizá 3 o 4 años, la declararon muerta y enterraron el dedo. No se que le pasó, pero sé que el dedo dejo muchísima sangre regada por la mesa. Mucha más que la del ratón.

Después de que Susanita se murió yo ya no quise regresar a mi casa. Mi madre, de todas formas, no me habría recibido de vuelta. Pero no me importó, yo estaba sólo, tenía un trabajo que me daba algo de dinero y 17 años. A los 17 años, realmente no se puede pensar en otra cosa que no sean mujeres y en sus tetas. Después de Susana, me acosté con Paulina, una prostituta del barrio, que me dejaba hacerle lo que quisiera con tal de que la dejara quedarse en mi casa por las noches.

Fue ella la que se dio cuenta del olor. Justo donde Susana había dejado su dedo, olía muy mal. Por eso Paulina no quería quedarse a comer nunca. A mí no me importa, ya me había acostumbrado. Pero lo que si me molestaba eran las moscas. Como les gustaba dar vueltas por ese lugar. Yo me acordaba del ratón muerto y pensaba en Susana, a veces, en la última vez que la vi y como se retorcía.

Paulina me dejó después de unos meses, se iba con su novio a Estados Unidos. Conocí a Margarita, una muchachita muy decente, en apariencias, pero que en la cama le gustaba de todo. Era una bendición. Y aunque nos llevábamos muy bien, tuve que decirle que se fuera de mi casa porque amenazó con llamar a la policía. Ella creía que la engañaba y con Susana. No sé cuantas veces tuve que decirle que Susana se había ido, pero ella no me hacía caso. Ella decía que Susana seguía ahí. En la cocina, debajo de la mesa de lámina.

Así que también se fue. Ella no me dejo ni un dedo.

En el Elevador

Erika GH Abrego

El elevador se atoró entre el piso 2 y 3. Ernestina pensó “estás muy gorda”, culpándose por el atasque del elevador. A su lado, un hombre guapo de cabello lacio y largo, miró su reloj, preocupado. Ernestina se mordió las uñas. Se dio cuenta que el hombre la miraba. “Seguro le parezco asquerosa, muy gorda, demasiadas curvas, senos muy pequeños, chaparra, aunque…” El día anterior había tenido sexo con un desconocido, por internet, y para él, Ernestina era casi una diosa: voluptuosa, con toda la carne necesaria colgando de los lados. “Quizá es él”, la mujer dio un paso a su derecha, acercándose más. Seguro que él la querría. Así que Ernestina lo tomó de una mano y lo besó, largamente. El hombre, sin sorpresa, respondió, ella sintió un golpe fuerte, preciso en su panza, el pene endurecido de su compañero le acariciaba sus lonjas. Ernestina se quitó la ropa, sin preocuparse de que el elevador podría seguir su camino en cualquier momento o de que las puertas se abrirían. El hombre le besó los senos, Ernestina estaba lista, con las piernas abiertas frente a él. Perdió el equilibrio y casi se le cae encima. El elevador había vuelto a funcionar. Ernestina se obligó a abrir los ojos y encontrar al hombre, vestido, sin erección, saliendo del elevador en el piso número 3.

De Fornicare Angelorum

Guillermo Vega Zaragoza

Dicen los chinos, que son hombres sabios: "Para hacer sopa de liebre, primero necesitas tener la liebre", porque sabían que a veces es muy difícil atrapar una liebre; por eso, cuando no se puede conseguir una, algunos vivales la sustituyen por un gato, que sabe igual aunque su carne es más dura. Esto viene al caso, a pesar de que no lo parezca, porque si quieres fornicar con un ángel, lo primero que tienes que hacer es conseguir uno y eso no es asunto menor, ya que una liebre la puedes cazar tú mismo con una escopeta o comprarla en el mercado de Sonora, pero un ángel no se encuentra en cualquier esquina. (aunque algunas mujeres que esperan en las esquinas parecen ángeles caídos del cielo, pero no hay que dejarse engañar: son falsos ángeles, hacen sufrir y además cobran sus favores). Atrapar un ángel no es tan fácil como atrapar una liebre, porque antes de atraparlo, tienes que verlo y luego hacer que se materialice, porque, como todos sabemos, los ángeles son seres de espíritu (no tienen cuerpo, pues), pero pueden tenerlo si quieren, y convivir (y hasta cohabitar) con los mortales.

Hay dos formas para hacer que se aparezca un ángel. Una, tarareando entonadamente las primeras notas de la Pequeña Serenata Nocturna de Mozart (sí, las de tan, tan-tán, tan-tan, tan-tan-tan-tán) en una medianoche de luna nueva. Esto lo sé porque, platicando después de hacer el amor con una violinista de 19 años, que podría ella misma hacerse pasar por un ángel, llegamos a la conclusión de que si los mortales pudiéramos escuchar una conversación entre ángeles, nos parecería como si fuera música compuesta por Mozart. De hecho, se dice que Mozart fue un ángel que cayó del cielo y que allá arriba se tardaron mucho tiempo en echarlo en falta, pero en cuando se dieron cuenta se lo llevaron de inmediato. Lo extraño aquí es por qué al buen Amadeus no le crecieron alas como a todos los ángeles. Existe la hipótesis de que la atmósfera terrestre no es propicia para que se desarrollen estos apéndices aéreos, aunque a algunas mujeres nada más les das tantitas alas y ya quieren su casa aparte.

Pero estábamos en la música de Mozart. En efecto, en realidad no se sabe qué es lo que uno comunica al tararear las susodichas notas, pero debe ser algún tipo de contraseña, porque apenas llevas unos cuantos segundos con la tonada y puedes escuchar el aleteo del ángel aterrizando. Aquí cabe hacer una aclaración: muchos creen todavía que para hacer que los ángeles se aparezcan hay que rezar eso de "Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día", pero eso nada más sirve para avisarle al ángel de la guarda que ya nos vamos a acostar, algo totalmente innecesario, como si los ángeles no supieran cuáles son sus deberes. Por otra parte, resultaría de muy mal gusto andarse cogiendo al propio ángel de la guarda, (sería una combinación muy perversa de narcisismo y onanismo), ya que, además de que se parece mucho a uno mismo a fuerza de estar junto a nosotros desde que nacemos, nos conoce mucho mejor de lo que nosotros mismos nos llegaremos a conocer, de tal modo que las posibilidades de esconder nuestras verdaderas intenciones al convocarlo son muy remotas. Y pensándolo bien, a final de cuentas: ¿qué puede tener de excitante coger con el mismo ente con el que dormimos todas las noches?

La otra técnica para ver a un ángel es tomándolo por sorpresa. Con frecuencia los ángeles andan revoloteando alrededor de los mortales. Algunos los confunden con mosquitos; los más sensibles pueden percibir la presencia angélica de inmediato, lo cual los hace voltear a un lado como si alguien los estuviera mirando por encima del hombro. El chiste es que, cuando sientas esa presencia, voltees de inmediato hacia la izquierda y con suerte podrás ver a un ángel. Aquí hay que tener cuidado porque si giras la cabeza muy violentamente te puede dar un torzón en el cuello y esa no es la intención. Desde luego, al principio parece que no hay nadie y empiezas a dudar de tu cordura, pero eso se debe a que cuando los ángeles se ven descubiertos por un mortal se quedan muy quietecitos, agazapados, sin mover ni una pluma de sus alas. Si entrecierras los ojos y los vas abriendo lentamente, podrás verlo, aclarándose poco a poco, como si fueras sintonizando un canal de televisión con mala recepción. En cuanto les miras a los ojos saben que están perdidos, que ya son visibles y entonces se hacen los simpáticos. El problema es que los mortales no podemos entenderles gran cosa, porque como ya dije, sus palabras nos parecen música de Mozart.

El siguiente paso es hacer que el ángel se materialice para poder atraparlo y aquí sí sólo hay una forma. Como son medio despistados, no se dan cuenta en dónde andan regando sus plumas y se quedan como hipnotizados cuando ven caer una, creyendo que es suya. El truco es que dejes caer enfrente del ángel una pluma de ave (de gallina puede servir, aunque las mejores son las de cisne, que se parecen bastante a las de ellos). Él se quedará embelesado viendo cómo cae lentamente la pluma y tratará de atraparla exactamente antes de que toque el suelo. En ese momento, en ese exacto momento, no antes ni después, debes tomar al ángel de la muñeca y sujetarlo con firmeza. Entonces ya lo tienes atrapado. Para tener éxito en esta faena hay que entrenar bastante, ya que un movimiento en falso puede tener graves consecuencias. Dicen que Lutero entrenaba para esto tratando de atrapar moscas y que en una de ésas se le cayó la vela sobre la bula papal, reduciéndola a cenizas, y que por eso no tuvo más remedio que iniciar la Reforma protestante.

Pero estábamos en que ya tienes atrapado al ángel, bien sujeto de una muñeca. Es posible que ofrezca algún tipo de resistencia, aleteando frenéticamente tratando de zafarse sin éxito, pero es necesario recordar que los mortales somos más fuertes que ellos puesto que hemos cultivado mejor nuestros músculos en este mundo y los ángeles no saben de gimnasios ni pesas ni aerobics, así es que no tienen escapatoria. Una vez que se ha tranquilizado y resignado a su nueva condición de presa, lo siguiente es detectar de qué tipo de ángel se trata. Como es de todos conocido, en la actualidad los ángeles no tienen sexo. Hubo un tiempo, muy al principio del mundo, en que sí lo tuvieron. Incluso podían materializarse a voluntad y convivir con los humanos como si maldita la cosa. Pero se dio el caso de que algunos ángeles varones sucumbieron ante los encantos de las mujeres mortales y tuvieron un intenso intercambio carnal. El producto de esta aberración celestial fueron los gigantes, que poblaron y dominaron la tierra durante siglos, hasta que el líder revolucionario de los mortales conocido como David descalabró de un hondazo al presidente de los gigantes que se llamaba Goliath. Entonces, Dios decidió hacer una reforma radical entre las huestes angélicas. Les quitó el sexo, les prohibió que se materializaran sin motivo ante los mortales y les impuso un reglamento interno más severo que el de la academia militar. Desde luego, aunque Dios es perfecto, a veces se le pasa algún detalle, por lo que todavía andan por ahí ángeles con sexo que siguen cohabitando con los mortales. Los productos recientes de esas uniones humano-celestiales, ya no son gigantes, sino que les da por ser poetas malditos y hacer cosas extravagantes como casarse con una puta negra y contagiarse de sífilis, o escribir poemas portentosos a los 19 años y luego irse a comerciar esclavos a Abisinia. Sin embargo, si tienes la suerte de atrapar a uno de estos ángeles con sexo, lamento informarte que es él quien te va a coger, ya que todos estos ángeles con sexo son masculinos, aunque no se descarta la posibilidad de que de tanto convivir con los mortales se les hayan pegado algunas malas mañas y resulte que son de ida y vuelta. No obstante, lo más probable es que te topes con un ángel sin sexo, por la sencilla razón de que son más. De acuerdo con el último censo angélico, que se realizó entre los siglos XII y XIII de nuestra era, y cuyos resultados se publicaron hasta el XIV, en el inicio del universo las huestes celestiales sumaban 301 millones 665 mil 722 integrantes, de los cuales 133 millones 306 mil 668 son ahora ángeles caídos; es decir, trabajan en el bando luciferino.

Pero dejemos la estadística y continuemos con lo nuestro. Como decíamos, a pesar de su perfección, hasta al cazador supremo se le va la liebre y, aunque les quitó el sexo, mantuvo inalterados los rasgos sexuales secundarios; es decir, nos podemos encontrar con ángeles que alguna vez fueron femeninos o angelesas, razón por la cual conservan sus senos celestiales (esto debe entenderse literalmente, aunque es posible encontrar mujeres mortales cuyos senos nos pueden parecer celestiales pero en sentido figurado). Esta es la explicación de las desarrolladas glándulas mamarias del Ángel de la Columna de la Independencia del Paseo de la Reforma. Lo ideal sería atrapar, entonces, a un ángel de los que alguna vez fueron femeninos, pues besar los senos y succionar los pezones de un ángel no es una experiencia que deba despreciarse si se tiene la oportunidad, pero si te toca uno masculino, tampoco tendrías por qué hacerle el feo. Se trata de efebos bellísimos (los creó el mismísimo Dios antes que a los hombres) y son muy entretenidos. Aquí cabe aclarar también que los ángeles siempre andan desnudos, pues no tienen nada de qué avergonzarse, ya que no han cometido ningún pecado ni sienten frío ni calor; por lo tanto, todas esas representaciones de ángeles con túnicas blancas o armaduras son meros delirios de los pintores medievales y renacentistas.

Pero supongamos que atrapas una angelesa. En primer lugar, te parecerá algo muy próximo a una muñeca Barbie con alas, por la sencilla razón de que, digámoslo científicamente, tiene clausurado el coño. Como resulta evidente, ante esta pequeña eventualidad, para cogérselo sólo queda un camino. En este punto cabría preguntarse acerca de la función fisiológica del culo de los ángeles, pero al parecer la única explicación es que así lo quiso Dios y a estas alturas no estamos para andar cuestionando las razones divinas. Sin embargo, es conveniente hacer hincapié en su naturaleza. A pesar de que pudiera haber sido penetrado muchas veces antes, el culo de un ángel siempre nos parecerá inmaculado. Los que han sido obsequiados con la bendición de atestiguar semejante espectáculo cuentan que no se compara a ningún tipo de esfínter humano imaginable. Sin embargo, son muchos los que desean y muy pocos los que alcanzan.

El problema ahora es cómo hacer que se empine, pero esto queda al propio ingenio personal, pues los ángeles, a pesar de ser entidades celestiales, son bastante ingenuos y fáciles de convencer. Por eso no extraña que muchos de ellos se hayan dejado embaucar por Luzbel, que era un ángel un poquito más listo y ambicioso, para que lo siguieran en su loca aventura de tratar de derrocar al Big Boss.

Lo que si no podemos dejar sin explicación es el asunto de las alas, pues es necesario aprender a lidiar con ellas para que no estorben durante el proceso sodomicatorio. Las extremidades aéreas son las partes más sensibles de un ángel. Cualquier leve roce les hace sentir dolores indecibles y pegar unos berridos estremecedores, como si los estuvieran desollando. Por ello hay que tener mucho cuidado y no sucumbir ante la tentación de utilizar las alas del ángel como agarraderas a la hora del fornicio. Reconozco que esto de no tocar las alas resultará muy difícil, sobre todo porque una vez que ha sido penetrado, el ángel entra en una especie de rapto frenético y empieza a aletear, como queriendo emprender el vuelo. Algunos lo logran, pero brevemente, por lo que no conviene no asustarse ante la posible eventualidad de que tus huevos pudieran irse al cielo con todo y ángel, pues se trata de una sensación momentánea. Por otra parte, existen evidencias de que cuando se les está cabalgando, algunos ángeles se ponen parlanchines y empiezan a contar historias ininteligibles para nosotros los mortales, por lo que nos parece que están entonando una ópera en polaco.

Una vez que hemos saciado nuestros instintos mortales en el receptáculo celestial del ángel, se recomienda entonar juntos y completo el Concierto para Clarinete de Mozart, que es lo que prefieren hacer los ángeles después de fornicar, en lugar de fumarse un cigarro y platicar sobre su vida y sus anteriores parejas. En caso de que uno se quede dormido, arrullado por la voz del ángel, es recomendable dejar la ventana abierta para que pueda irse silenciosamente.

Para concluir, es necesario hacer una advertencia. Los ángeles se ponen furiosos si no se sienten satisfechos después del intercambio de fluidos con un mortal. Ante la cada vez más disminuida capacidad amatoria del hombre moderno (ya saben: es culpa del estrés, la contaminación, los alimentos transgénicos, etcétera), el índice de insatisfacción angélica ha aumentado considerablemente en los últimos años. Por lo que si éste es el caso, la venganza celestial es implacable. Para empezar, te hacen dormir profundamente; cuando despiertas, tienes un indecible dolor en las gónadas y crees que todo fue un sueño y que sólo podrás coger así en el cielo, cuando hayas muerto. Entonces puedes pasarte la vida buscando una mujer que se parezca al ángel, porque crees que la visión del sueño fue un mensaje divino. Puede que nunca encuentres a esa mujer con cara de ángel, o puede ser que sí la encuentres y no dudes en casarte con ella. Allí comenzará el infierno y se habrá cumplido la venganza del ángel. Por todo ello se recomienda tener mucho cuidado y no andar dando gato por liebre en tratándose de coger con un ángel.

La Alcoba Dormida

JUAN VILLORO

(Revista Lateral, nº 55-56, julio-agosto 1999, Antología de cuentos latinoamericanos)

la alcoba se ha dormido en el espejo

Vicente Huidobro

Él cenará después -dijo doña Consuelo.

Se persignó de prisa y tomó la cuchara de latón. Me gustaban esos cubiertos superlivianos. Frente a mí, el profesor Rafael se alisó el bigote con tres dedos manchados de nicotina, luego se palpó la corbata, como si apenas recordara que la tenía puesta. Era una prenda común que en él lucía modernísima: un fondo azul cielo salpicado de triangulitos.

-Conque estrenando... -doña Consuelo también había notado el ademán.

Rafael mordió la cuchara; me inquietaba su manera de rematar los bocados; al sentarme a la mesa, no podía dejar de revisar mis cubiertos en busca de las incisivas huellas del profesor. Rafael era su apellido; su nombre entero tenía un sonido descompuesto: Ismael Rafael. Daba clases de civismo y cada dos meses doña Consuelo lo ayudaba a calificar composiciones sobre el himno nacional o la bandera. Doña Consuelo no podía leer sin mover los labios; ya avanzada la noche, el cansancio la hacía repetir palabras sueltas: "arrostrar sin temor"... "la contienda"... "los paladines"...

Desde que llegué a la pensión (doña Consuelo se empeñaba en llamarla "casa de asistencia", como si fuera una institución de misericordia) di por sentado que la dueña de casa y el profesor eran amantes. El marido de doña Consuelo (el Difunto, como le llamábamos) había muerto hacía varios años.

Ella seguía poniendo su lugar en la mesa y no dejaba de repetir la frase ritual: "él cenará después". El Difunto era adorado en un altar de platos fríos.

En esa época mis gustos literarios hacían que no me perdiera un momento de patetismo ni una frase sentenciosa. Estaba convencido de que doña Consuelo se entregaba a ese incesante recambio de cubiertos movida por la culpa, por la ignominia perpetrada con el profesor. Era católica de escapulario en cuello y Rafael un judío sefardita que asistía al estricto templo de la calle de Monterrey. Nunca los sorprendí en intimidad mayor que sus sesiones para calibrar exámenes, pero no necesitaba pruebas concluyentes; me bastaba ver la fruición con que el profesor mordía las rosquetas de chocolate que ella compraba afuera de la Catedral -cada bocado, una transgresión.La casa también era habitada por doña Eufrosia, aunque más que de un inquilino había que hablar de un quejido. Doña Eufrosia estaba postrada en su cama y sólo su lastimosa respiración llegaba hasta nosotros. Me negaba a creer que doña Consuelo limpiara sus esputos y le diera de comer en la boca sólo por bondad; también en esto veía un deseo de reparación.

Mi vida de entonces me parecía disminuida. Había llegado a la ciudad para ocupar un puesto ínfimo en un almacén, algo muy alejado de mis melodramáticos empeños literarios. Desconfiaba de todo y de todos, como si eso le pudiera dar relieve a mi destino; la sospecha era una piedra de afilar ideas. Doña Consuelo y el profesor Rafael me eran simpáticos, pero me sentía obligado a mantener las distancias. Por otra parte, ellos tampoco daban pie a un acercamiento. Nos hablábamos de usted, doña Consuelo siempre estaba atareada y el profesor, apenas llegaba a la pensión, se dedicaba a leer el periódico, tras una espesa nube de Delicados.

Vivíamos en la calle de Licenciado Verdad, muy cerca del almacén. De haber estado borracho el día de mi llegada, la vista del edificio me habría devuelto la sobriedad: paredes despellejadas que seguramente se vendrían abajo con el próximo temblor. La fachada no era más ruinosa que las otras del centro de la ciudad, pero el hecho de que yo fuera a vivir ahí la convertía en un escenario de tragedia. Sin embargo, la pensión en el segundo piso se conservaba en buen estado; el baño común estaba limpio, el cuarto era agradable -un armario con un pulcro espejo, un botellón de agua en el buró, persianas que corrían bien.

También me gustó la sala de la televisión, aunque doña Consuelo hablaba con vergüenza de su viejo aparato de bulbos: cada vez que un avión pasaba sobre el edificio, la imagen se distorsionaba. Lo que me llamó la atención fue el calendario colgado en la pared: un emperador azteca sostenía a una india desmayada; el pintor había trazado con tal detalle el turgente cuerpo de la india que el desmayo tenía una fuerza sexual; al fondo, los volcanes brillaban con una nieve tornasolada.

Lo primero que le oí decir al profesor fue que ya estaba a punto de conseguir la medalla de la televisión. No entendí nada y él me explicó que en cuanto le dieran la medalla al mérito cívico Benito Juárez podría comprar un aparato a colores. Esto no me importó gran cosa porque desde la primera noche me senté a ver el calendario. No me fijé en las caras que temblaban en la pantalla; veía los pechos de la india, cubiertos de una tela que parecía nieve delgadísima.

Pasaron varios meses y el profesor siguió a un paso de obtener la medalla. Aquel triunfo siempre pospuesto se convirtió en algo tan penoso que dejamos de mencionarlo. Rafael me parecía víctima de una injusticia, sobre todo a partir de que me recomendó con el jefe de redacción de un periódico en la colonia Tabacalera, no lejos de la pensión. Me encargaron escribir las cartas de los lectores. Para llegar al periódico pasaba junto al Caballito; miraba de reojo la cara de imbécil de Carlos IV y la mano que sostenía un rollo de papel; así me debía ver en el momento de entregar las cartas de los "lectores". De cualquier forma, eso me ayudó a sobrellevar las jornadas en el almacén; mi vida era algo más que nudos y cajas dobladas (aunque en mis momentos abismales pensaba que ese "algo más" era mucho peor). Sin embargo, lo que en verdad agravaba las cosas era que vivía en un hueco doloroso en el que casi nunca caían las mujeres. No sólo me faltaban dinero y experiencia para una conquista, además -lo confieso a toda prisa- me sentía avasallado por el dentista provinciano que me colocó un lamentable diente de oro. Ahorraba, con la vulgar ilusión de ponerle a mi diente una funda de porcelana, pero también me dejaba estafar por las putas locales.

Cerca de la pensión había una tienda de medias. Me quedaba viendo las piernas suspendidas hasta que mi soledad me resultaba insoportable. Regresaba despacio, dolido por tantas formas agradables.

Rafael se vestía exactamente como profesor de civismo, por eso me encandiló la corbata azul celeste. Sin embargo, no es ésta la razón por la que recuerdo el incidente. Ése fue el día en que las gemelas llegaron a Licenciado Verdad.

Era un sábado y nos tocaba cambio de sábanas. Los colchones estaban recargados contra la pared ("para que se oreen", había dicho doña Consuelo). Melania y Paloma Milán se pasearon por la casa y no dejaron de palpar los colchones. Es lo primero que recuerdo de ellas: las manos delgadas acariciando las rayas azules y blancas.

Las ayudé a llevar su equipaje al cuarto 3 (absurdo que en una pensión tan pequeña los cuartos estuvieran numerados).

En la comida el profesor Rafael habló de la expulsión de los judíos españoles y de su refugio en Salónica.

-Los nombres de ciudades son portadores de sangre judía -dijo, pero las gemelas no sabían nada del asunto ni se interesaron en la historia. A mí me agradó que tuvieran apellido de ciudad.

Melania y Paloma habían llegado a México para consultar a un médico; aunque se veían igualmente sanas no dejaron dudas acerca de la gravedad de Paloma. Venían de un poblado similar al mío (adivinaba la misma rotonda de pirules, los perros insolados, la vida detenida en un eterno mediodía del polvo), pero me impresionó su aire mundano, su forma rapidísima de entrar en confianza. En especial Melania hablaba como si siempre hubiera estado ahí, como si descalzara sus palabras y las echara a correr entre nosotros. La ciudad les había parecido "hórrida". Recordé mi primera caminata por las calles del centro, entre ciegos y vendedores andrajosos. Vi a una mujer enorme, sucia, muy rubia, orinar incansablemente en la banqueta; vi a un oso llagado bambolearse al compás de un pandero; vi a una anciana que sostenía una vitrina con gelatinas plagadas de moscas; vi a los desempleados en el patio de la Catedral, vi sus herramientas en el piso, junto a un gato muerto, y no me atreví a decir que la capital de mi país era una mierda. En cambio, fue lo primero que dijeron las gemelas. El profesor las escuchaba tras el humo de su cigarro. Pensé que iba a hablar de aztecas y edificios coloniales, pero estaba tan absorto como yo; no era fácil acostumbrar los ojos a esas figuras esbeltas en un lugar donde los únicos visitantes eran agentes viajeros, hombres de maletas cuarteadas y pocas palabras que venían por una noche y se marchaban sin dejar otra huella que un periódico arrugado.

Melania usaba el pelo suelto y tenía un lunar en la mejilla. Paloma se peinaba con una estricta cola de caballo. Fuera de esto eran idénticas. Su belleza parecía hecha para castigar a un escritor, al menos a uno como yo. En primer lugar, ni siquiera me atrevía a verlas de frente; su desparpajo me ofendía tanto como mi diente de oro. En segundo lugar, me costaba trabajo decir por qué me gustaban tanto. Hasta entonces creía en la supremacía de los senos épicos, los mismos que uno colocaría en la proa de una fragata o en la imagen de la Patria. Después de frecuentar tantas páginas de revistas eróticas exigía en las mujeres imposibles lo que no encontraba en las putas: pelo rubio, pezones rosados, ojos enormes. Ahora me doy cuenta de que mi mujer ideal era una variante oxigenada de la india del calendario. Las gemelas, en cambio, eran atractivas de una manera nerviosa. Hablaban de prisa, como si pensaran en varios asuntos a la vez; sus cejas gruesas y bien delineadas se unían sobre una nariz pequeña, imperiosa; sus cuerpos delgados transitaban como claras sombras, sus labios merecían el nombre de "sensibles". ¡Cuánta palabrería para decir que había encontrado en estas muchachas normales algo nunca visto! Empecé a pasar más tiempo en Licenciado Verdad, escuchando los ruidos de las gemelas. Las cartas que escribía para el periódico se volvían progresivamente alegres. Esta etapa duró un par de semanas; después me di cuenta de que no tenía mayores motivos de dicha: Melania y Paloma Milán no hacían sino constatar mi fracaso; era incapaz de salvar los cinco o seis metros que me separaban de ellas. Me solacé en autoescarnios ante el espejo: detenía la mirada en el diente de oro, mis facciones me parecían trabajadas por un boxeador.

Mi depresión tomó la forma de una nostalgia sin sujeto; añoraba cosas nunca alcanzadas. El tiempo en que las gemelas no vivían con nosotros me parecía una etapa de libertad, a salvo de su tiránica belleza.

Me había presentado con ellas como periodista y el profesor Rafael (tal vez por ser mi padrino en el trabajo) se encargó de reforzar la ficción:

-Excelentes, sus comentarios sobre Irán -y hacía una intrincada relación de mi presunto artículo.

Pronto se volvió costumbre que el profesor "redactara" mis textos en la cena. En más de una ocasión sus frases me parecieron repugnantes, pero sabía que él actuaba en mi favor y no quise poner en entredicho la paternidad de los engendros.

Las gemelas no siempre se entretenían. Aproveché la ocasión en que Paloma contemplaba las manchas en la pared para decirle al profesor en voz baja:

-La gente se aburre.

Melania me alcanzó a oír y comentó:

-Sí, a Paloma ya se la llevó el río.

Luego explicó la frase. En su pueblo, la creciente de un río se había llevado a una mujer distraída; desde entonces, cuando alguien se distraía decían: "se lo llevó el río". También nosotros empezamos a usar la frase en la pensión.

Una noche, doña Consuelo le dijo al profesor:

-Pa'mí que ya se lo llevó el río.

-¿Eh? -dijo el profesor, aletargado.

-¿Qué no oye? ¡Ya se le fue el santo al cielo!

Rafael pareció regresar de una zona muy remota. Le costó trabajo explicarse. Mencionó que nos tenía una sorpresa, pero su voz era triste.

Fue a su cuarto y regresó con un pesado bulto. Me pareció ver los listones rosas del almacén en el que trabajaba.

-Para que no se aburran tanto, señoritas -dijo el profesor Rafael, como si doña Consuelo no fuera la principal interesada en la televisión (otro motivo de sospecha) -y se secó el sudor con un alarmante pañuelo amarillo.

De la medalla, ni una palabra. Era evidente que no la había obtenido. Crucé una mirada con doña Consuelo.

Con el nuevo aparato las cenas se hicieron más rápidas. El profesor también acortó la extensión de mis supuestos artículos. Yo aprovechaba cualquier momento para que mi mirada pasara del mantel de hule a las gemelas. Eran tan parecidas que estaba orgulloso de todas las diferencias que les encontraba. Melania era más expansiva, sus manos se movían mucho al hablar, costaba menos trabajo que se riera. También era orgullosa, al menos conmigo, porque con doña Consuelo mostraba una solicitud extrema, incluso la ayudaba a lavar y a cambiar a doña Eufrosia.

En cuanto fui capaz de discernir las diferencias, me enamoré de Melania. Supongo que también la salud trabajaba en su favor. Paloma no parecía enferma, pero yo desconfiaba de un mal tan discreto, sin nombre ni síntomas aparentes.

Creo que fue un sábado cuando me encontré con Melania en el pasillo. Salía del baño y tenía una toalla en la cabeza. El lunar brillaba sobre la piel pálida. Olía a jabón, a ropas limpias, casi pude sentir la tibieza que el agua había dejado en su cuerpo. Sus manos sotenían el camisón, el cepillo, el frasco de champú. Quizá fueron estas manos ocupadas las que me hicieron sentirla indefensa, quizá distinguí en sus ojos brillosos el desafío, lo cierto es que actué con la urgencia de todos mis días desolados. La tomé de la cintura, la atraje hacia mí, besé su cuello apenas humedecido. Ella soltó el frasco, el champú se derramó sobre mi pantalón. Luego se apartó de mí, me vio con una superioridad en la que ni siquiera cabía el odio y entró al cuarto 3. Fui al baño a limpiarme aquella mancha. Mis dedos pasaron por la sustancia pegajosa al tiempo que veía la espuma en la coladera, con vellos que sólo podían provenir del cuerpo de Melania y que en mi desesperación estuve a punto de recoger.

Después de esto creí que no me volvería a hablar. Evité cenar en la pensión al día siguiente. Regresé tarde, pensando que todos dormirían. Sin embargo, me encontré a Melania en la sala de la televisión; lloraba frente a un programa sin volumen. Quise seguir hacia mi cuarto, pero me pidió que la ayudara a escribir una carta para sus padres. Me extendió el cuaderno en el que anotaba con gran cuidado las medicinas y las dosis que debía tomar Paloma. Alcancé a ver una lista y me di cuenta de su atroz ortografía; aún ahora me arrepiento de haber visto sus accidentados acentos en el momento en que me revelaba la enfermedad de su hermana. Contra la evidente normalidad de Paloma, los médicos había diagnosticado un mal incontenible. Melania había decidido no preocupar a su familia. Me pidió que atenuara el padecimiento en la carta. Su dictado salió entre arranques de llanto. Aceptó mis sugerencias y me dio las gracias varias veces. Se veía abatida, como si se reprochara su salud, ser el espejo vigoroso de su hermana.

Fui a mi cuarto; en el pasillo se mezclaron el quejido de doña Eufrosia y el ruido vivo, abundoso, con el que Melania se sonaba la nariz.

Esa noche me despertó un susurro. Antes de que pudiera ver algo sentí un aliento tibio, el contacto de labios delgados y resecos. Luego distinguí el lunar, el pelo ondulado de Melania; la desvestí, seguro de que no había dicha mayor que el olor dulzarrón de su perfume barato.

Sólo al día siguiente pensé en los motivos de Melania. A pesar de los éxitos periodísticos que me inventaba el profesor, yo carecía de interés, por no hablar de virtudes físicas. Entendí que Melania agradecía en exceso la carta redactada. Sin embargo, esa noche repitió la visita.

A partir de ese momento empecé a vivir para las horas que Melania pasaba en el cuarto. Esperaba con ansia el rechinido de las duelas de madera. La luz de un arbotante se colaba a la habitación; el cuerpo de Melania se reflejaba en la luna del espejo.

La felicidad me rebasaba en tal modo que me libraba de pensar -ni siquiera pensé que era feliz. Pero durante el día, mientras bostezaba sobre cajas de cartón, entorpecía mis recuerdos con preocupaciones. Pensaba en la piel de Melania, en sus manos hábiles, en la entrega apasionada y silenciosa de alguien acostumbrada a amar en secreto. ¿Quién más se había visto favorecido por esa furtiva pericia? Procuraba que me contara algo de su vida, pero me ponía el índice en la boca: "nos van a oír".

Tampoco de día hablaba conmigo, así estuviéramos solos. Melania tenía pavor de que Paloma nos descubriera; por nada del mundo le hubiera revelado su pasión a la hermana enferma (que, dicho sea de paso, seguía sin mostrar otro síntoma que una creciente palidez). De cualquier forma, no insistí en hablar con ella; temía violentar el milagro que se repetía puntualmente en esa alcoba dormida para todos los demás.Una noche nos quedamos viendo la televisión. Los demás ya se habían ido a sus cuartos. Ella no me veía, su nariz altiva se perfilaba con los reflejos de la pantalla. Pensaba en la forma de acercarme cuando se fue la luz. La televisión crujió, con ese ruido que hacen las cosas recién apagadas.

Fue como si un alambre se quebrara en la noche, en mi cuerpo nervioso, en mis manos tensas. Cuando toqué su rostro, nuestros ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra. Su expresión de desconcierto me hizo pensar que estaba loca. Melania me visitaba en las noches como quien consuma un ritual vacío, semejante al cambio de cubiertos de doña Consuelo. No me costó trabajo llegar al cuarto en la oscuridad. Di un portazo que debió despertar a los que ya dormían. Quise que mi puerta tuviera un cerrojo, maldije vivir en una pensión del carajo donde ni siquiera podía gozar del lujo de encerrarme. Recurrí a un remedio de película; puse una silla contra la puerta, sabiendo que era inútil.

Dos horas después, la llegada de Melania estuvo acompañada de un modesto rechinido. Se golpeó con la silla. Saltó en un pie. Me insultó.

Me senté en la cama, hablé del encuentro en la sala de la televisión, le dije que no la quería volver a ver.

-Cállate, idiota -dijo, y me besó largamente.

Con el tiempo me había acercado al profesor Rafael. Su fracaso para conseguir la medalla le daba una dignidad trágica, de oficial deshonrado; además se había vuelto el hombre de los regalos: la televisión, mascadas para las gemelas (de un violeta demasiado subido) y una corbata para mí. Después de cenar fumaba sin descanso. Pasaba tanto tiempo con él que Melania se quejaba de que mi pelo olía a humo.

Sabía que le gustaba el café exprés y pensé en invitarlo a una cafetería para hablarle de mi felicidad a medias (con la secreta esperanza de que él me hablara de doña Consuelo), pero nunca llegué a hacerlo. Una tarde lo vi de lejos en la calle de Moneda. Lo seguí maquinalmente. Dobló hacia un mercado al aire libre. Caminé en el bullicio de vendedores y merolicos; el aire tenía un leve olor a podrido. El profesor no reparaba en las mercancías -pequeños artículos de contrabando, joyas de fantasía-, como si se dirigiera a un destino definido. No sé por qué no lo alcancé de una buena vez. Seguí su saco negro, manchado de sudor en las axilas, hasta que se detuvo en un puesto de corbatas y pañoletas. La encargada era una mujer gruesa; sus brazos rollizos salían de una blusa sin mangas. Se rió con desenfado al ver a Rafael; conté al menos tres dientes de oro. Lo tomó de la cintura y lo besó. Me oculté tras un puesto de collares. El profesor se veía curiosamente frágil en los brazos de la mujer; parecía feliz de un modo intimidado. En el puesto reconocí la corbata azul celeste, el pañuelo amarillo, las mascadas. Alguien les llevó licuados. Los vi intercambiar los vasos.

Me sentí defraudado, como si llevara el diario de una persona equivocada. El romance que atribuí a Rafael, lleno de atávicos prejuicios, se esfumaba para dejar su sitio a una relación vulgarona, abrumadoramente normal. Luego pensé que tal vez Rafael estafaba a la vendedora -¡el dinero de la televisión debía provenir de ella!-, pero era demasiado tarde para buscar nuevas sospechas. El profesor judío había dejado de ser interesante.Caminé mucho rato, sin rumbo fijo, pensando en tantas cosas que estuve a punto de ser arrojado por una bicicleta. Nunca había admirado gran cosa al profesor, pero sus maneras discretas le conferían cierta dignidad, un conocimiento por encima de la vida pobretona de la pensión. La escena con la mujer lo redujo a su verdadera medianía. No sé por qué me vinieron a la mente mis cartas, las gentes que yo había sido para el periódico. Recordé sus frases comunes, la morralla de la que era responsable. Nada más común que mis invenciones, nada más falso que las personas que me rodeaban.

El cielo cobró un tono azul profundo; se veía más cercano a la tierra. Muchas veces había visto el cielo en las calles del centro, un cielo de casas bajas, próximo. Ahora me pareció opresivo. Pensé en la cavidad azulosa del aparador de medias. Llegué deprimido a la pensión, sólo para enterarme de que las gemelas se habían mudado a un hospital donde Paloma se sometería a los últimos análisis.

Esa noche fue como si doña Consuelo dijera por primera vez: "él cenará después". No mencionamos otra palabra en la mesa.

No era extraño que Melania se fuera sin avisarme, a fin de cuentas nunca me participaba nada de su vida. No dejó dicho a qué hospital iban ni cuándo volverían (el equipaje seguía en el cuarto 3).

De madrugada, entré a la habitación de las gemelas. Encendí la luz, abrí el armario, vi sus ropas perfectamente dobladas. Pensé en la dedicación de Melania, en sus manos hábiles; me di cuenta de que me había visto favorecido por la desgracia de Paloma. El destino de Melania parecía apuntar más lejos y sólo el lastre de su hermana la había dejado a mi alcance. Me conmovió su total resignación; mientras más desagradable me veía a mí mismo, más admirable me parecía su entrega. Lloré, inventé toda suerte de equívocos sensibleros, me sentí abandonado y amado en exceso.

En esa época se publicó mi primer artículo firmado, una prosa amarillista que los recortes de la mesa de redacción volvieron ilegible. No me alegró tanto ver mi nombre en el periódico como saber que las gemelas regresaban a la pensión.

-Vienen por sus cosas. Pasarán una noche con nosotros -dijo doña Consuelo.

Paloma se veía demacrada pero estaba de buen humor. Contó anécdotas divertidas del hospital mientras yo buscaba en vano los ojos de Melania. Deslicé un pie bajo la mesa, toqué algo que podía ser madera o un zapato. En eso escuchamos un carraspeo profundo.-¡Doña Eufrosia se ahoga! -dijo doña Consuelo.

Melania la acompañó a ver a la anciana y no volvió a la mesa. Paloma contó una historia que no registré, algo relacionado con inyecciones y pacientes confundidos.

Por la noche mis nervios me hicieron oír el crujido de las duelas de madera mucho antes de que llegara Melania. Mi corazón latía con fuerza, mis manos tocaban los bordes combados de la cama, se diría que mi cuerpo se preparaba para un suplicio. Así estuve hasta que se produjo el delicioso rechinido. Abracé a Melania con fuerza y la sentí menuda entre mis brazos. Apenas nos separamos, me acerqué al botellón de agua y tomé un largo trago. Melania tenía un olor extraño. No me atreví a decírselo pero varias veces interrumpí sus caricias para beber agua. Era la única forma de soportar su cercanía; no tengo más remedio que decirlo: aquel cuerpo adorado olía a putitita mierda.

Después de unas horas estaba tan confundido, el vientre hinchado de agua, que me tardé en registrar la sorpresa que ella me reservaba. Se despidió de mí, fue al armario y sacó un frasco de crema. Vi pasar sus dedos sobre la mejilla, los vi mancharse de negro, vi que el lunar desaparecía. Frente a mí, Paloma sonreía sin reservas. Me incorporé en la cama, quise decir algo, pero ella salió del cuarto.

No supe qué hacer, tenía ganas de despertar a toda la pensión, de mandar a la chingada a quienes en su ignorancia habían sido cómplices del engaño. Pero me quedé en la cama, sin poderme reponer de ese mínimo artificio: dos dedos sobre la mejilla habían bastado para que entendiera la frialdad de Melania. Fui lo bastante canalla para pensar en un contagio. No pude dormir. El rostro pálido de Paloma aparecía frente a mí con un lunar intermitente.

A las seis de la mañana se abrió la puerta. Vi el pelo suelto y ondulado, el lunar en la mejilla, y pensé que se trataba de una nueva transfiguración (¡estuve a punto de lanzarle el frasco de crema!). Pero Melania habló con rapidez.

Me costó trabajo entender lo que decía. Tuvo que repetir las frases una y otra vez, como cuando me dictó la carta. Me dijo que Paloma le había contado de nosotros.

-Debes saber la verdad -no sé si fue ésa la primera vez que me tuteó.

Paloma estaba desahuciada pero el día anterior la habían tranquilizado diciéndole que una operación era posible, por eso se atrevió a revelar su identidad. No había querido que yo me sintiera atado a una moribunda. Me dejó de engañar en el momento en que la engañaron. Melania también me dijo que Paloma sabía de mi "asalto" en el pasillo; tal vez fue eso lo que la indujo a entrar a mi cuarto.

-En todo caso no podemos juzgar a alguien que va a morir -dijo Melania con sincero dramatismo justo cuando empezaba a juzgarme a mí mismo. ¿En qué medida las noches en vela habían contribuido al mal? Tal vez se habría salvado de no ser por mí.

No quise visitar a Paloma en el hospital. Melania me mantuvo al tanto. Me dijo que su hermana había entrado a un mundo ilusorio. No sé si pronunció mi nombre antes de morir. Cuando recibimos la noticia, me hinqué a rezar el rosario con doña Consuelo.

Sólo entonces me di cuenta de que había olvidado la letanía. Produje algunos balbuceos mientras escuchaba el eterno quejido de doña Eufrosia. Maldije ese trozo de vida envuelto en trapos. El profesor nos trajo una tarjeta con letras hebreas. No le pregunté qué querían decir. Fui a mi cuarto. Empecé a empacar mis cosas.

Melania y yo nos casamos a los pocos meses. Ella decidió el asunto con la celeridad con que hace todo. De regalo de bodas, el profesor nos envió un mantel -seguramente escogido por su amante- demasiado parecido a un capote de torero. Algunos parientes de Melania asistieron a la ceremonia. "Se la llevó el río", oí que decía uno de ellos.

Melania siempre es ella más el recuerdo de su hermana. La vida dividida de antes se ha desdoblado en una infinidad de actos, gestos, frases apenas reconocidas. Melania me ha hablado mucho del mal congénito que destruyó a Paloma. No todos en su familia lo padecen, pero no dejo de pensar que nuestra felicidad tiene un aire de desgracia aplazada. A veces pienso que Melania me escogió al saber que también ella era sensible al mal. Ayer la fiebre le subió a 39º, el inicio de un resfrío, tal vez.

Escribo estas líneas en el escritorio de la recámara. Melania está dormida. Escucho su respiración, casi puedo contar las pausas de la sangre que late en sus sienes. Cruje un mueble de madera y recuerdo con excesiva precisión el viejo suelo de duelas. Veo su reflejo en la luna del armario, un mechón de pelo en la frente, los labios ligeramente abiertos, como si fueran a silbar.

Melania duerme en el espejo. La he observado incansablemente; su rostro, a veces me parece terrible, a veces banal. Tal vez se trate de mi mala vista o de las impurezas del vidrio, pero no veo el lunar que la distingue de Paloma.

Mi Vida con la Ola

Octavio Paz

Cuando deje aquel mar, una ola se adelanto entre todas. Era esbelta y ligera. A pesar de los gritos de las otras, que la detenían por el vestido flotante, se colgó de mi brazo y se fue conmigo saltando. No quise decirle nada, porque me daba pena avergonzarla ante sus compañeras. Además, las miradas coléricas de las mayores me paralizaron.

Cuando llegamos al pueblo, le expliqué que no podía ser, que la vida en la ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de ola que nunca ha salido del mar. Me miro seria: "Su decisión estaba tomada. No podía volver." Intente dulzura, dureza, ironía. Ella lloro, grito, acaricio, amenazo. Tuve que pedirle perdón. Al día siguiente empezaron mis penas. ¿Cómo subir al tren sin que nos vieran el conductor, los pasajeros, la policía? Es cierto que los reglamentos no dicen nada respecto al transporte de olas en los ferrocarriles, pero esa misma reserva era un indicio de la severidad con que se juzgaría nuestro acto.

Tras de mucho cavilar me presente en la estación una hora antes de la salida, ocupé mi asiento y, cuando nadie me veía, vacié el depósito de agua para los pasajeros; luego, cuidadosamente, vertí en él a mi amiga.

El primer incidente surgió cuando los niños de un matrimonio vecino declararon su ruidosa sed. Les salí al paso y les prometí refrescos y limonadas. Estaban a punto de aceptar cuando se acerco otra sedienta. Quise invitarla también, pero la mirada de su acompañante me detuvo. La señora tomo un vasito de papel, se acerco al depósito y abrió la llave. Apenas estaba a medio llenar el vaso cuando me interpuse de un salto entre ella y mi amiga. La señora me miro con asombro. Mientras pedía disculpas, uno de los niños volvió abrir el depósito. Lo cerré con violencia.

La señora se llevo el vaso a los labios: -Ay el agua esta salada. El niño le hizo eco. Varios pasajeros se levantaron. El marido llamo al Conductor: -Este individuo echó sal al agua. El Conductor llamo al Inspector: -¿Con que usted echo substancias en el agua? El Inspector llamo al Policía en turno: -¿Con que usted echó veneno al agua? El Policía en turno llamo al Capitán: - ¿Con qué usted es el envenenador? El Capitán llamo a tres agentes. Los agentes me llevaron a un vagón solitario, entre las miradas y los cuchicheos de los pasajeros. En la primera estación me bajaron y a empujones me arrastraron a la cárcel. Durante días no se me hablo, excepto durante los largos interrogatorios. Cuando contaba mi caso nadie me creía, ni siquiera el carcelero, que movía la cabeza, diciendo: "El asunto es grave, verdaderamente grave. ¿No había querido envenenar a unos niños?" Una tarde me llevaron ante el Procurador. -Su asunto es difícil -repitió-. Voy a consignarlo al Juez Penal. Así paso un año. Al fin me juzgaron. Como no hubo víctimas, mi condena fue ligera. Al poco tiempo, llego el día de la libertad. El Jefe de la Prisión me llamo: -Bueno, ya esta libre. Tuvo suerte. Gracias a que no hubo desgracias. Pero que no se vuelva a repetir, por que la próxima le costara caro... Y me miro con la misma mirada seria con que todos me veían.

Esa misma tarde tome el tren y luego de unas horas de viaje incómodo llegue a México. Tome un taxi y me dirigí a casa. Al llegar a la puerta de mi departamento oí risas y cantos. Sentí un dolor en el pecho, como el golpe de la ola de la sorpresa cuando la sorpresa nos golpea en pleno pecho: mi amiga estaba allí, cantando y riendo como siempre. -¿Cómo regresaste? -Muy fácil: en el tren. Alguien, después de cerciorarse de que sólo era agua salada, me arrojo en la locomotora. Fue un viaje agitado: de pronto era un penacho blanco de vapor, de pronto caía en lluvia fina sobre la máquina. Adelgace mucho. Perdí muchas gotas. Su presencia cambio mi vida. La casa de pasillos obscuros y muebles empolvados se lleno de aire, de sol, de rumores y reflejos verdes y azules, pueblo numeroso y feliz de reverberaciones y ecos.

¡Cuántas olas es una ola o como puede hacer playa o roca o rompeolas un muro, un pecho, una frente que corona de espumas! Hasta los rincones abandonados, los abyectos rincones del polvo y el detritus fueron tocados por sus manos ligeras. Todo se puso a sonreír y por todas partes brillaban dientes blancos. El sol entraba con gusto en las viejas habitaciones y se quedaba en casa por horas, cuando ya hacia tiempo que había abandonado las otras casas, el barrio, la ciudad, el país. Y varias noches, ya tarde, las escandalizadas estrellas lo vieron salir de mi casa, a escondidas. El amor era un juego, una creación perpetua. Todo era playa, arena, lecho de sábanas siempre frescas. Si la abrazaba, ella se erguía, increíblemente esbelta, como tallo liquido de un chopo; y de pronto esa delgadez florecía en un chorro de plumas blancas, en un penacho de risas de caían sobre mi cabeza y mi espalda y me cubrían de blancuras. O se extendía frente a mi, infinita como el horizonte, hasta que yo también me hacia horizonte y silencio. Plena y sinuosa, me envolvía como una música o unos labios inmensos. Su presencia era un ir y venir de caricias, de rumores, de besos. Entraba en sus aguas, me ahogaba a medias y en un cerrar de ojos me encontraba arriba, en lo alto del vértigo, misteriosamente suspendido, para caer después como una piedra, y sentirme suavemente depositado en lo seco, como una pluma. Nada es comparable a dormir mecido en las aguas, si no es despertar golpeado por mil alegres látigos ligeros, por arremetidas que se retiran riendo.

Pero jamás llegue al centro de su ser. Nunca toque el nudo del ay y de la muerte. Quizá en las olas no existe ese sitio secreto que hace vulnerable y mortal a la mujer, ese pequeño botón eléctrico donde todo se enlaza, se crispa y se yergue, para luego desfallecer. Su sensibilidad, como las mujeres, se propagaba en ondas, solo que no eran ondas concéntricas, sino excéntricas, que se extendían cada vez mas lejos, hasta tocar otros astros. Amarla era prolongarse en contactos remotos, vibrar con estrellas lejanas que no sospechamos. Pero su centro... no, no tenía centro, sino un vacio parecido al de los torbellinos, que me chupaba y me asfixiaba.

Tendido el uno al lado de otro, cambiábamos confidencias, cuchicheos, risas. Hecha un ovillo, caía sobre mi pecho y allí se desplegaba como una vegetación de rumores. Cantaba a mi oído, caracola. Se hacia humilde y transparente, echada a mis pies como un animalito, agua mansa. Era tan límpida que podía leer todos sus pensamientos. Ciertas noches su piel se cubría de fosforescencias y abrazarla era abrazar un pedazo de noche tatuada de fuego. Pero se hacia también negra y amarga. A horas inesperadas mugía, suspiraba, se retorcía. Sus gemidos despertaban a los vecinos. Al oírla el viento del mar se ponía a rascar la puerta de la casa o deliraba en voz alta por alas azoteas. Los días nublados la irritaban; rompía muebles, decía malas palabras, me cubría de insultos y de una espuma gris y verdosa. Escupía, lloraba, juraba, profetizaba. Sujeta a la luna, las estrellas, al influjo de la luz de otros mundos, cambiaba de humor y de semblante de una manera que a mi me parecía fantástica, pero que era tal como la marea.

Empezó a quejarse de soledad. Llene la casa de caracolas y conchas, pequeños barcos veleros, que en sus días de furia hacia naufragar (junto con los otros, cargados de imágenes, que todas las noches salían de mi frente y se hundía en sus feroces o graciosos torbellinos). ¡Cuantos pequeños tesoros se perdieron en ese tiempo! Pero no le bastaban mis barcos ni el canto silencioso de las caracolas. Confieso que no sin celos los veía nadar en mi amiga, acariciar sus pechos, dormir entre sus piernas, adornar su cabellera con leves relámpagos de colores. Entre todos aquellos peces había unos particularmente repulsivos y feroces, unos pequeños tigres de acuario, grandes ojos fijos y bocas hendidas y carniceras. No se por que aberración mi amiga se complacía en jugar con ellos, mostrándoles sin rubor una preferencia cuyo significado prefiero ignorar. Pasaba largas horas encerrada con aquellas horribles criaturas.

Un día no pude más; eche abajo la puerta y me arroje sobre ellos. Agiles y fantasmales, se me escapaban entre las manos mientras ella reía y me golpeaba hasta derribarme. Sentí que me ahogaba. Y cuando estaba a punto de morir, morado ya, me deposito en la orilla y empezó a besarme, y humillado. Y al mismo tiempo la voluptuosidad me hizo cerrar los ojos. Porque su voz era dulce y me hablaba de la muerte deliciosa de loas ahogados.

Cuando volví en mi, empecé a temerla y a odiarla. Tenía descuidados mis asuntos. Empecé a frecuentar los amigos y reanude viejas y queridas relaciones. Encontré a una amiga de juventud. Haciéndole jurar que me guardaría el secreto, le conté mi vida con la ola. Nada conmueve tanto a las mujeres como la posibilidad de salvar a un hombre.

Mi redentora empleo todas sus artes, pero, ¿qué podía una mujer, dueña de un número limitado de almas y cuerpos, frente a mi amiga, siempre cambiante - y siempre idéntica a si misma en su metamorfosis incesantes? Vino el invierno. El cielo se volvió gris. La niebla cayó sobre la ciudad. Llovía una llovizna helada. Mi amiga gritaba todas las noches. Durante el día se aislaba, quieta y siniestra, mascullando una sola silaba, como una vieja que rezonga en un rincón. Se puso fría; dormir con ella era tirar toda la noche y sentir como se helaba paulatinamente la sangre, los huesos, los pensamientos. Se volvió impenetrable, revuelta. Yo salía con frecuencia y mis ausencias eran cada vez mas prolongadas. Ella, en su rincón, aullaba largamente. Con dientes acerados y lengua corrosiva roía los muros, desmoronaba las paredes. Pasaba las noches en vela, haciéndome reproches. Tenía pesadillas, deliraba con el sol, con un gran trozo de hielo, navegando bajo cielos negros en noches largas como meses. Me injuriaba. Maldecía y reía; llenaba la casa de carcajadas y fantasmas. Llamaba a los monstruos de las profundidades, ciegos, rápidos y obtusos. Cargada de electricidad, carbonizaba lo que rozaba. Sus dulces brazos se volvieron cuerdas ásperas que me estrangulaban. Y su cuerpo verdoso y elástico, era un látigo implacable, que golpeaba, golpeaba, golpeaba.

Huí. Los horribles peces reían con risa feroz. Allá en las montañas, entre los altos pinos y los despeñaderos, respire el aire frio y fino como un pensamiento de libertad. Al cabo de un mes regresé. Estaba decidido. Había hecho tanto frío que encontré sobre el mármol de la chimenea, junto al fuego extinto, una estatua de hielo. No me conmovió su aborrecida belleza. Le eché en un gran saco de lona y salí a la calle, con la dormida a cuestas. En un restaurante de las afueras la vendí a un cantinero amigo, que inmediatamente empezó a picarla en pequeños trozos, que depositó cuidadosamente en las cubetas donde se enfrían las botellas.

Et Chien Et Loup

El Alimento del Artista

A Alberto Castillo

Enrique Serna

Dirá usted que de dónde tanta confiancita, que de cuál fumó esta cigarrera tan vieja y tan habladora, pero es que le quería pedir algo un poco especial, cómo le diré, un favor extraño, y como no me gustan los malentendidos prefiero empezar desde el principio ¿no?, ponerlo en antecedentes. Usted tiene cara de buena persona, por eso me animé a molestarlo, no crea que a cualquiera le cuento mi vida, sólo a gentes con educación, con experiencia, que se vea que entienden las cosas del sentimiento.

Le decía pues que recién llegada de Pinotepa trabajé aquí en El Sarape, de esto hará veintitantos años, cuando el cabaret era otra cosa. Teníamos un show de calidad, ensayábamos nuestras coreografías, no como ahora que las chicas salen a desnudarse como Dios les da a entender. Mire, no es por agraviar a las jóvenes pero antes había más respeto al público, más cariño por la profesión. Claro que también la clientela era diferente, venían turistas de todo el mundo, suizos, franceses, ingleses, así daba gusto salir a la pista. Yo entiendo a las muchachas de ahora, no crea. ¿Para qué le van a dar margaritas a los puercos? Los de Acapulco todavía se comportan, pero llega cada chilango que dan ganas de sacarlo a patadas, oiga, nomás vienen a la zona a molestar a las artistas, a gritarles de chingaderas, y lo peor es que a la mera hora no se van con ninguna, yo francamente no sé a qué vienen.

Pues bueno, aquí donde me ve tenía un cuerpazo. Empecé haciendo un número afroantillano, ya sabe, menear las caderas y revolcarme en el suelo como lagartija, zangoloteándome toda, un poco al estilo de Tongolele pero más salvaje. Tenía mucho éxito, no es por nada pero merecía cerrar la variedad, yo me daba cuenta porque los hombres veían mi show en silencio, atarantados de calentura, en cambio a Berenice, la dizque estrella del espectáculo, cada vez que se quitaba una prenda le gritaban mamacita, bizcocho, te pongo casa, o sea que los ponía nerviosos por falta de recursos, y es que la pobre no sabía moverse, muy blanca de su piel y muy platinada pero de arte, cero.

Fue por envidia suya que me obligaron a cambiar el número. No aguantó que yo le hiciera sombra. Según don Sabás, un gordo que administraba el cabaret pero no era el dueño, el dueño era el amante de Berenice, por algo sé de dónde vino la intriga, según ese pinche barrigón, que en paz descanse, mi número no gustaba. ¡Hágame usted el favor! Para qué le cuento cómo me sentí. Estaba negra. Eso te sacas por profesional, pensé, por tener alma de artista y no alma de puta. Ganas no me faltaron de gritarle su precio a Sabás y a todo el mundo, pero encendí un cigarro y dije cálmate, no hagas un escándalo que te cierre las puertas del medio, primero escucha lo que te propone el gordo y si no va contra tu dignidad, acéptalo.

Me propuso actuar de pareja con un bailarín, fingir que hacíamos el acto sexual en el escenario, ve que ahora ese show lo dan dondequiera pero entonces era novedad, él acababa de verlo en Tijuana y le parecía un tiro. La idea no me hizo mucha gracia, para qué le voy a mentir, era como bajar de la danza a la pornografía, pero me discipliné porque lo que más me importaba era darle una lección a la Berenice ¿no?, chigármela en su propio terreno, que viera que yo no sólo para las maromas servía. En los ensayos me pusieron de pareja a un bailarín muy guapo, Eleazar creo se llamaba, lo escogieron a propósito porque de todos los del Sarape era el menos afeminado, tenía espaldotas de lanchero, mostacho, cejas a la Pedro Armendáriz. Lástima de hombrón. El pobre no me daba el ancho, nunca nos compenetramos. Era demasiado frío, sentía que me agarraba con pinzas, como si me tuviera miedo, y yo necesitaba entrar un poco en papel para proyectar placer en el escenario ¿no? Bueno, pues gracias a Dios la noche del debut Eleazar no se presentó en el Sarape. El día anterior se fue con un gringo que le puso un pent-house en Los Angeles, el cabrón tenía matrimonio en puerta, por algo no se concentraba. Nos fuimos a enterar cuando ya era imposible cancelar el show, así que me mandaron a la guerra con un suplente, Gamaliel, que más o menos sabía cómo iba la cosa por haber visto los ensayos pero era una loca de lo más quebrada, toda una dama, se lo juro. Sabás le hacía la broma de aventarle unas llaves porque siempre se le caían, y para levantarlas se agachaba como si trajera falda, pasándose una mano por las nalgas, muy modosito él. Por suerte se me prendió el foco y pensé, bueno, en vez de hacer lo que tenías ensayado mejor improvisa, no te sometas al recio manejo del hombre ahora que ni hombre hay, haz como si el hombre fuera tú y la sedujeras a esta loca.

Santo remedio. Gamaliel empezó un poco destanteado, yo le restregaba los pechos en la cara y él haga de cuenta que se le venía el mundo encima, no hallaba de dónde agarrarme, pero apenas empecé a fajármelo despacito, maternalmente, apenas le di confianza y me puse a jugar con él como su amiga cariñosa, fui notando que se relajaba y hasta se divertía con el manoseo, tanto que a medio show él tomo la iniciativa y se puso a dizque penetrarme con mucho estilo, siguiendo con la pelvis la cadencia del mambo en sax mientras yo lo estimulaba con suaves movimientos de gata. Estaba Gamaliel metido entre mis piernas, yo le rascaba la espalda con las uñas de los pies y de pronto sentí que algo duro tocaba mi sexo como queriendo entrar a la fuerza. Vi a Gamaliel con otra cara, con cara de no reconocerse a sí mismo, y entonces la vanidad de mujer se me subió a la cabeza, me creí domadora de jotos o no sé qué y empecé a sentirme de veras lujuriosa, de veras lesbiana, mordí a Gamaliel en una oreja, le saqué sangre y si no se acaba la música por Dios que nos ponemos a darle de verdad enfrente de todo el mundo.

Nos ovacionaron como cinco minutos, lo recuerdo muy bien porque al salir la tercera vez a recibir los aplausos Gamaliel me jaló del brazo para meterme por la cortina y a tirones me llevó hasta mi camerino porque ya no se aguantaba las ganas. Tampoco yo, para ser sincera. Caímos en el sofá encima de mis trajes y ahí completamos lo que habíamos empezado en la pista pero esta vez llegando hasta el fin, desgarrándonos las mallas, oyendo todavía el aplauso que ahora parecía sonar dentro de nosotros como si toda la excitación del público se nos hubiera metido al cuerpo, como si nos corrieran aplausos por las venas.

Después Gamaliel estuvo sin hablarme no sé cuántos días, muerto de pena por el desfiguro. Hasta los meseros se habían dado cuenta de lo que hicimos y comenzaron a hacerle burla, no que te gustaba la coca cola hervida, chale, ya te salió lo bicicleto, lo molestaban tanto al pobre que yo le dije a Sabás oye, controla a tu gente, no quiero perder a mi pareja por culpa de estos mugrosos. En el escenario seguíamos acoplándonos de maravilla pero él ahora no se soltaba, tenía los ojos ausentes, la piel como entumida, guardaba las distancias para no pasarse de la raya y esa resistencia suya me alebrestaba el orgullo porque se lo confieso, Gamaliel me había gustado mucho en el camerino y a fuerzas quería llevármelo otra vez de trofeo pero qué esperanza, él seguía tan profesional, tan serio, tan en lo suyo que al cabo de un tiempo dije olvídalo, éste nada mas fue hombre de un día.

Cuál no sería mi sorpresa cuando a los dos meses o algo así de que habíamos debutado me lo encuentro a la salida del Sarape, ya de mañana, borracho y con una rosa de plástico en la mano, diciendo que me había esperado toda la noche porque ya no soportaba el martirio de quererme. Dicen que los artistas no se deben enamorar, pero yo al amor nunca le saqué la vuelta, quién sabe si por eso acabé tan jodida. Gamaliel se vino a vivir conmigo al cuarto que tenía en el hotel Oviedo. Aunque nos veíamos diario cada vez nos gustábamos más. Lo de hacer el amor después del show se nos hizo costumbre, a veces ni cerrábamos la puerta del camerino de tanta prisa. Y cuidado con oír aplausos en otra parte, yo no sé qué nos pasaba, con decirle que hasta viendo la televisión, cuando el locutor pedía un fuerte aplauso para Sonia López o Los Rufino, ya nomás con eso sentíamos hormigas en la carne. El amor iba muy bien pero al profesionalismo se lo llevó la trampa. Gamaliel resultó celoso. No le gustaba que fichara, me quería suya de tiempo completo. Para colmo se ofendía con los clientes que lo albureaban, y es que seguía siendo tan amanerado como antes y algunos borrachos le gritaban de cosas, que ese caldo no tiene chile, que las recojo a las dos, pinches culeros, apuesto que ni se les paraba, ninguno de ellos me hubiera cumplido como Gamaliel. Llegó el día en que no pudo con la rabia y se agarró a golpes con un pelirrojo de barbas que se lo traía de encargo. El pelirrojo era compadre del gobernador y amenazó con clausurar el Sarape. Sabás quiso correr a Gamaliel solo pero yo dije ni madres, hay que ser parejos, o nos quedamos juntos o nos largamos los dos.

Nos largamos los dos. En la zona de Acapulco ya no quisieron darnos trabajo, que por revoltosos. Fuimos a México y al poco rato de andar pidiendo chamba nos contrataron en El Club de los Artistas, que entonces era un sitio de catego. Por sugerencia del gerente modernizamos el show. Ahora nos llamábamos Adán y Eva y salíamos a escena con hojas de parra. El acompañamiento era bien acá. Empezaba con acordes de arpa, o sea, música del amor puro, inocente, pero cuando Gamaliel mordía la manzana que yo le daba se nos metía el demonio a los dos con el requintazo de Santana. Ganábamos buenos centavos porque aparte del sueldo nos pagaban por actuar en orgías de políticos. Se creían muy depravados pero daban risa. Mire, a mí esos tipos que se calientan a costa del sudor ajeno más bien me dan compasión, haga de cuenta que les daba limosna, sobras de mi placer. En cambio a Gamaliel no le gustaba que anduviéramos en el deprave. Ahora le había entrado el remordimiento, se ponía chípil por cualquier cosa. Es que no tenemos intimidad, me decía, estoy harto de que nos vean esos pendejos, a poco les gustaría que yo los viera con sus esposas.

Aprovechando que teníamos nuestros buenos ahorros decidimos retirarnos de la farándula. Gamaliel entró a trabajar de manicurista en una peluquería, yo cuidaba el departamento que teníamos en la Doctores y empezamos a hacer la vida normal de una pareja decente, comer en casa, ir al cine, acostarse temprano, domingos en La Marquesa, o sea, una vida triste y desgraciada. Triste y desgraciada porque al fin y al cabo la carne manda y ahora Gamaliel se había quedado impotente, me hacía el amor una vez cada mil años, malhumorado, como a la fuerza ¿y sabe por qué? Porque le faltaba público, extrañaba el aplauso que es el alimento del artista. Será por la famosa intuición femenina pero yo enseguida me di cuenta de lo que nos pasaba, en cambio Gamaliel no quería reconocerlo, él decía que ni loco de volver a subirse a un escenario, que de manicurista estaba muy a gusto, y pues yo a sufrir en la decencia como mujercita abnegada hasta que descubrí que Gamaliel había vuelto a su antigua querencia y andaba de resbaloso con los clientes de la peluquería.

Eso sí que no lo pude soportar. Le dije que o regresábamos al telón o cada quién jalaba por su lado. Se puso a echar espuma por la boca, nunca lo había visto tan furioso, empezó a morderse los puños, a gritarme que yo con qué derecho le quería gobernar la vida si a él las viejas ni le gustaban, pinches viejas. Pues entonces por qué me regalaste la rosa de plástico, le reclamé, por qué te fuiste a vivir conmigo, hijo de la chingada. Con eso lo ablandé. Poco a poco se le fue pasando el coraje, luego se soltó a chillar y acabó pidiéndome perdón de rodillas, como en las películas, jurando que nunca me dejaría, ni aunque termináramos en el último congal del infierno.

Como en la capital ya estábamos muy vistos fuimos a recorrer la zona petrolera, Coatzacualcos, Reynosa, Poza Rica, ve que por allá la gente se gasta el dinero bien y bonito. Los primeros años ganamos harta lana. El problema fue que Gamaliel empezó a meterle en serio a la bebida. Se le notaba lo borracho en el show, a veces no podía cargarme o se iba tambaleando contra las mesas. El público lógicamente protestaba y yo a la greña con los empresarios que me pedían cambiarlo por otro bailarín. Una vez en Tuxpan armamos el escándalo del siglo. Yo esa noche también traía mis copas y nunca supe bien qué pasó, de plano se nos olvidó la gente, creíamos que ya estábamos en el camerino cogiendo muy quitados de la pena cuando en eso se trepan a la pista unos tipos malencarados que me querían violar, yo también quiero, mamita, dame chance, gritaban con la cosa fuera. Tras ellos se dejó venir la policía dando macanazos, madres, a mí me tocó uno, mire la cicatriz aquí en la ceja, se armó una bronca de todos contra todos, no sé a quién le clavaron un picahielo y acabamos Adán y Eva en una cárcel que parecía gallinero, sepárenlos, decía el sargento, a esos dos no me los pongan juntos que son como perros en celo.

Ahí empezó nuestra decadencia. Los dueños de centros nocturnos son una mafia, todos se conocen y cuando hay un desmadre como ése luego luego se pasan la información. Ya en ningún lado nos querían contratar, nomás en esos jacalones de las ciudades perdidas que trabajan sin permiso. Además de peligroso era humillante actuar ahí, sobre todo después de haber triunfado en sitios de categoría. En piso de tierra nuestro show se acorrientaba y encima yo acababa llena de raspones. Intentamos otra vez el retiro pero no se pudo, el arte se lleva en la sangre y a esas alturas ya estábamos empantanados en el vicio de que nos aplaudieran. Cuando pedíamos trabajo se notaba que le teníamos demasiado amor a las candilejas, íbamos de a tiro como limosneros, dispuestos a aceptar sueldos de hambre, dos o tres mil pesos por noche, y eso de perder la dignidad es lo peor que le puede pasar a un artista. Luego agréguele que la mala vida nos había desfigurado los cuerpos. Andábamos por los cuarenta, Gamaliel había echado panza, yo no podía con la celulitis, un desastre, pues. De buena fe nos decían que por qué no cantábamos en vez de seguir culeando. Tenían razón, pero ni modo de confesarles que sin público nada de nada.

Para no hacer el cuento largo acabamos trabajando gratis. De exhibicionistas nadie nos bajaba. Por lástima, en algunas piqueras de mala suerte nos dejaban salir un rato al principio de la variedad, y eso cuando había poca gente. Nos ganábamos la vida vendiendo telas, joyas de fantasía, relojes que llevábamos de pueblo en pueblo. Así anduvimos no sé cuánto tiempo hasta que un día dijimos bueno, para qué trajinamos tanto si en Acapulco tenemos amigos, vámonos a vivir allá, y aquí nos tiene desde hace tres años, a Dios gracias con buena salud, trabajando para Berenice que ahora es la dueña del Sarape, mírela en la caja cómo cuenta sus millones la pinche vieja. Gamaliel es el señor que recoge los tacones a las vedettes, ¿ya lo vio?, el canoso de la cortina. Guapo ¿verdad? Tiene cincuenta y cuatro pero parece de cuarenta, o será que yo lo veo con ojos de amor. ¿A poco no es bonito querer así? No hace falta que me dé la razón, a leguas se ve que usted sí comprende, por eso le quería contar mi vida, para ver si es tan amable de hacerme un favorcito. Ahí en el pasillo, detrás de las cajas de refresco, tenemos nuestro cuarto Gamaliel y yo. Tenga, es todo lo que traigo, acéptemelo por caridad, ya sé que no es mucho pero tampoco le voy a pedir un sacrificio. Nomás que nos mire, y si se puede, aplauda.